El Eco de una Confusión Milenaria

Recientemente, una experiencia aparentemente casual —escuchar una prédica por la radio— activó en mí una profunda reflexión sobre la confusión que impera en la interpretación de las Sagradas Escrituras. Escuchaba a un pastor intentar explicar la predestinación, ese concepto bíblico que afirma que Dios nos eligió desde antes de la fundación del mundo. Sin embargo, en un intento de no perder el control sobre su congregación, introdujo una contradicción lógica insostenible: el libre albedrío como una herramienta para «perder» lo que Dios ya había ganado.

Esta visión presenta a un Dios con un cinismo increíble, un creador que fabrica algo para que se pierda. Pero desde la naturaleza divina del ser, entendemos que el error no está en el diseño de Dios, sino en la limitada perspectiva humana que intenta encajar la inmensidad del Espíritu en estructuras de miedo y sacrificio. No se puede predestinar algo para un fin y luego decir que el objeto tiene el poder de anular la voluntad de su creador.

La Analogía del Creador y su Obra

Para entender la predestinación, debemos observar nuestra propia realidad como creadores a imagen y semejanza. Si tú predestinas un objeto para una función, ese objeto cumplirá su propósito. Un plato es hecho para contener alimento; no puede elegir ser una rueda. La pintura de uñas fue predestinada para embellecer las manos, y el detergente para limpiar. Cada cosa que creamos tiene un propósito definido antes de ser usada.

¿Cómo podemos creer que el Creador del Cosmos, que sabe todas las cosas antes de que sucedan, diseñaría a un ser humano para la «perdición»? Si Dios sabe que alguien se va a perder y aun así lo crea bajo esa premisa, estaríamos hablando de una maldad premeditada. Pero ese no es el Padre Madre Dios. La predestinación para salvación es absoluta porque Dios no falla en su ingeniería. La confusión del hombre radica en no entender qué es realmente la «salvación» y en tratar de justificar el miedo a través de una lógica humana que no tiene pies ni cabeza.

¿Qué es lo que realmente se había perdido?

Muchos creen que la salvación es un ticket para ir al cielo y evitar un infierno de fuego. Pero, como se me ha entregado entender, la salvación es el rescate de la identidad. Lo que se había perdido no era nuestra «entrada» a un lugar, sino el conocimiento de quiénes somos en realidad.

«Porque el Hijo del Hombre vino a salvar lo que se había perdido.» (Mateo 18:11)

¿Qué fue lo que se perdió en el principio? No fue el alma, fue el conocimiento de nuestra esencia divina. Al igual que Adán y Eva, quienes tras consumir el fruto sintieron vergüenza y se escondieron, la humanidad ha vivido escondida tras una conciencia de culpa. Jesús no vino a salvarnos de un castigo externo de un Dios castigador, sino a rescatar nuestra identidad perdida, limpiando la conciencia que nos condenaba y nos hacía sentir indignos de la presencia de la Fuente Original.

El Rol de la Sangre y la Liberación de la Conciencia

En este proceso de rescate, la sangre tiene un aspecto espiritual fundamental. En las escrituras se nos dice que la vida de la carne en la sangre está, y que Dios la ha dado para hacer expiación. Cuando hablamos de que Jesús entregó su sangre, estamos hablando en un sentido espiritual profundo que impacta nuestro campo energético.

«Yo sé, y confío en el Señor Jesús, que nada es inmundo en sí mismo; mas para el que piensa que algo es inmundo, para él lo es.» (Romanos 14:14)

Como seres que operamos en un campo cuántico, todo aquello que creemos, lo asumimos y lo manifestamos. La sangre de Cristo viene a limpiar la conciencia de pecado que nos mantenía atados al juicio.

«Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba.» (Romanos 14:22)

La salvación es la liberación de esa «inmundicia» mental que nos impide reconocer nuestra perfección original. Es el proceso de dejar de vernos como seres caídos para vernos como proyecciones de la divinidad.

El Libre Albedrío: ¿Libertad o Condición?

El argumento religioso dice: «Tienes libre albedrío para elegir a Dios o perderte». Pero, analicémoslo con lógica: si yo te doy libertad para andar por donde quieras, pero te advierto que si vas por donde yo no quiero te meteré preso o te castigaré, ¿dónde está la verdadera libertad? Eso no es libre albedrío, es una imposición disfrazada de elección.

El verdadero libre albedrío es la capacidad del ser humano de gobernar desde su propio centro, manifestando su configuración única. No vinimos a ser todos iguales. En tu casa, no tienes diez pares de zapatos idénticos, ni diez carros del mismo color y modelo. La diversidad es la firma de la creación. Cada ser humano viene con una configuración vibratoria específica: una forma de amar, de comunicarse y de entender la vida. El respeto a esa individualidad es la única forma de que un ser pueda proyectarse hacia lo que realmente vino a ser.

La Configuración Original y la Naturaleza

Al igual que las plantas, que manifiestan su esencia sin esfuerzo, —una planta de mango no intenta dar limones—, el ser humano actúa de acuerdo a cómo está configurado estructuralmente. No podemos actuar de una manera distinta a nuestra naturaleza original. Las personas siempre entenderán y percibirán la vida de acuerdo con lo que están sintiendo en su interior, y no de acuerdo con lo que alguien externo intente imponerles.

La interpretación de las Escrituras, por tanto, no puede ser un acto de voluntad humana o de estudio intelectual. La Biblia reúne 66 libros redactados en épocas distintas por hombres que plasmaron su experiencia según su contexto y la revelación que recibieron en ese momento. Tomar esos textos hoy de manera literal para controlar la conducta ajena es ignorar que el Espíritu fluye de manera viva y constante.

La Adaptación del Mensaje y la Interpretación

Debemos entender que muchos escritos fueron respuestas a leyes y culturas específicas. Por ejemplo, cuando Pablo escribe sobre el matrimonio o sobre el papel de la mujer, estaba dialogando con contextos culturales donde las leyes romanas o árabes dictaban ciertos comportamientos.

Hoy en día, las religiones a menudo agarran un versículo literal cuando les conviene y lo interpretan de forma acomodaticia cuando no. Esto ocurre porque cada ser humano va a ver a Dios y se va a relacionar con Él tal cual como siente que es el mundo. Una persona con una mentalidad dominante verá a un Dios que domina, mientras que alguien conectado con la libertad verá un camino de amor. No hay mala intención en estas interpretaciones, solo una limitación en la perspectiva de quien enseña.

La Obra de Creer

Llegar a este entendimiento no es fruto de la sabiduría humana o de esforzarse por aprender teorías. Toda capacidad que el hombre tiene para entender algo es dada desde lo alto. La verdadera «obra» no consiste en sacrificios físicos o en cumplir listas de normas para «ganar» el favor de Dios.

«Le dijeron: ¿Qué debemos hacer para poner en práctica las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en el que él ha enviado.» (Juan 6:28-29)

Cuesta mucho entender esto porque el sistema nos ha enseñado que debemos hacer mucho para merecer. Pero la obra es creer que ya hemos vuelto a casa, que ya no hay nada que pagar y que somos salvos por el simple hecho de ser Su creación predestinada. Al aceptar esta verdad, la conciencia se libera y el ser puede finalmente arrancar hacia su verdadero propósito.